El intelectualismo performativo es, en cierta forma, antiintelectualismo

La palabra intelecto proviene del latín intellegere e intellectus: entender, capacidad de comprensión.
No citar, no referenciar, no proyectar—
sino entender.*

En algún punto, eso se olvidó.

Vivimos en una época en el que la lectura ha vuelto a ser visible, pero no necesariamente más profunda. Los libros están en todas partes: en cafeterías, en tote bags, en pasarelas de moda, en historias curadas de Instagram, en booktok. En apariencia, esto podría leerse como una victoria cultural. Aunque la alfabetización sigue estando atravesada por desigualdades, su acceso se ha ampliado lo suficiente como para visibilizarse. Lo que ha cambiado es que ahora también se ha convertido en parte de una estética.

Ya no solo se lee: escenificamos la lectura.

Cuando la relación con el conocimiento se convierte en una práctica de exhibición, deja de estar orientada exclusivamente a la comprensión y pasa a operar como un sistema de señalización. Qué leemos, cómo citamos, a quién invocamos: todo ello configura un lenguaje simbólico que no solo comunica lo que pensamos, sino, sobre todo, quiénes somos o quiénes aspiramos a parecer.

A este fenómeno podemos denominarlo intelectualismo performativo: el uso de signos intelectuales—libros, autores, teorías—no como herramientas de pensamiento, sino como recursos de identidad y distinción simbólica.

En este sentido, la noción de performatividad no es nueva. Como plantea Erving Goffman en La presentación de la persona en la vida cotidiana (1959), la vida social puede entenderse como una serie de representaciones en las que los individuos gestionan impresiones frente a una audiencia. Sin embargo, lo que está en juego aquí no es simplemente la presentación del yo, sino la sustitución del proceso intelectual por sus signos visibles.

En ese punto, la distancia entre ambos comienza a desdibujarse.

En su intento por proyectar cercanía con el conocimiento, este tipo de intelectualismo comienza a reproducir lógicas propias de aquello que aparentemente rechaza: el antiintelectualismo.

El historiador Richard Hofstadter señalaba, en Anti-Intellectualism in American Life (1963), que el antiintelectualismo no consiste únicamente en el rechazo del conocimiento, sino en una sospecha cultural hacia la autoridad intelectual. En muchos contextos, el término “intelectual” opera menos como reconocimiento y más como descalificación: sugiere artificio, pretensión, distancia respecto de lo “real”.

Una forma de performance.

En una línea similar, Isaac Asimov advertía, en A Cult of Ignorance (1980), sobre una deriva particularmente significativa en las sociedades democráticas: la creencia de que “mi ignorancia es tan válida como tu conocimiento”. No se trata simplemente de ignorar el saber, sino de erosionar su legitimidad como criterio de valor.

A primera vista, el intelectualismo performativo parecería ubicarse en el extremo opuesto: una sobreproducción de signos de conocimiento, una acumulación visible de referencias, lecturas y marcos teóricos.

Sin embargo, al examinarlo con mayor detenimiento, la distancia entre ambos fenómenos se reduce considerablemente.

Porque en los dos casos, la relación con el conocimiento se encuentra alterada.

El antiintelectualismo lo desacredita.
El intelectualismo performativo lo simula.

Pero ninguno necesariamente lo trabaja.

Esta tensión resulta particularmente visible en el contexto contemporáneo. En 2024, OxfordUniversityPress seleccionó brainrot como palabra del año: un término que nombra el deterioro cognitivo asociado al consumo constante de contenido rápido, superficial y de baja exigencia atencional. Podría parecer un fenómeno ajeno al ámbito de lo intelectual.

Spoiler Alert: No lo es.

Por un lado, el brainrot erosiona la capacidad de sostener la atención, de profundizar, de habitar la complejidad. Por otro, el intelectualismo performativo adapta el conocimiento a esa misma lógica: lo fragmenta, lo estetiza, lo vuelve inmediatamente consumible, prescindiendo de los procesos que hacen posible su comprensión convirtiéndose a su vez en dinámicas complementarias.

Cuando la lectura se convierte en accesorio en lugar de proceso, algo esencial se pierde. Es posible cargar Guerra y paz como un objeto de estilo, subrayar El juicio de Kafka con fines estéticos o referenciar Los hermanos Karamazov de Dostoievski en una conversación; sin embargo, ninguna de estas prácticas garantiza comprensión.

Y comprender es, en última instancia, el núcleo del intelecto.

En este punto, la distinción propuesta por Hofstadter resulta especialmente útil: no es lo mismo la intelectualidad como ejercicio riguroso del pensamiento, que el “intelectualismo” entendido como una adhesión superficial a sus signos externos.

En los entornos digitales contemporáneos, esta segunda forma se vuelve dominante, porque lo que circula con mayor facilidad no es el proceso de pensamiento, sino sus señales más visibles: citas, conceptos, nombres propios.

Las plataformas privilegian la visibilidad, la claridad inmediata y la capacidad de síntesis. El pensamiento complejo, con sus matices y ambigüedades, no siempre se traduce con facilidad en estos formatos; en cambio, las referencias reconocibles sí lo hacen. Una cita, un nombre, un concepto: circulan con rapidez y funcionan como indicadores instantáneos de profundidad, incluso cuando dicha profundidad no ha sido elaborada.

En consecuencia, las prácticas de lectura se reconfiguran.

Se lee no necesariamente para entender, sino para extraer. Para identificar aquello que puede ser compartido, exhibido, capitalizado simbólicamente. El conocimiento se vuelve modular, estético, performable. Y es en ese punto donde el vínculo con el antiintelectualismo se vuelve más evidente.

Al reducirse a sus formas más visibles y consumibles, el conocimiento se vuelve susceptible de simplificación, descontextualización y uso estratégico. Su autoridad no desaparece, pero se separa de los procesos que la sostienen.

En la escena, la comprensión deja de ser una condición necesaria para parecer intelectual; la perfomance basta.

A ello se suma una consecuencia más sutil: cuando la identidad intelectual se vuelve parte de la esfera pública, también se convierte en algo que hay que sostener y, en muchos casos, defender. Las ideas dejan de ser espacios de exploración y pasan a funcionar como extensiones de una identidad que necesita mostrarse coherente y segura.

Y es ahí donde aparece otra afinidad con el antiintelectualismo: la dificultad para sostener la duda.

El trabajo intelectual, en su sentido más estricto, es un proceso lento, frecuentemente incómodo, atravesado por tensiones, contradicciones y revisiones constantes. Implica habitar la incertidumbre, modificar posturas, reconocer límites. Sin embargo, estas dimensiones no se traducen fácilmente en capital simbólico visible.

En su lugar, lo que adquiere valor es la certeza: la capacidad de citar con seguridad, de referenciar con precisión, de enunciar posiciones claras, incluso cuando la comprensión sobre el tema es parcial.

Nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento, y sin embargo, sostener la complejidad parece cada vez más difícil.

Ahora bien, reducir este fenómeno a una crítica de lo performativo sería, además de simplista, impreciso. Si algo caracteriza al entorno contemporáneo es precisamente eso: una vida cada vez más mediada por pantallas, donde buena parte de lo que somos pasa por lo que mostramos.

Curar un perfil, decidir qué aparece y qué se queda fuera, construir una narrativa personal—todo esto me recuerda mucho a una infancia diseñando un avatar en Los Sims o a personalizar un personaje en Club Penguin. Se eligen rasgos, se seleccionan objetos, se organizan espacios, se proyecta una versión de uno mismo que otros puedan leer con cierta claridad.

En ese contexto, performar no es, en sí mismo, problemático.

No cuando compartimos lo que pensamos,
sino cuando aprendemos a pensar en función de cómo eso será percibido.

No cuando leer transforma nuestra forma de entender el mundo,
sino cuando se convierte en un recurso para sostener una imagen.

En toda identidad hay, inevitablemente, algo de performativo.

Pero hay una diferencia entre una performance que expresa
y una que sustituye.

El problema no reside en hacer visible la vida intelectual, sino en que dicha visibilidad sustituya al proceso mismo del pensamiento. El intelectualismo performativo no rechaza el conocimiento en los términos clásicos del antiintelectualismo. No lo desacredita abiertamente ni lo ridiculiza.

Opera en un desplazamiento menos evidente: el pensamiento permanece, pero deja de organizarse en torno a la comprensión y empieza a orientarse hacia su visibilidad. El proceso que lo sostiene queda en segundo plano, mientras gana relevancia su capacidad de circular, de ser reconocido, su legibilidad como señal.

De modo que la pregunta no es si leemos más o menos.

Sino más bien esta:

¿Seguimos intentando entender, o solo intentamos ser leídos como personas que entienden?

 

Fuentes:

Asimov, I. (1980, January 21). A cult of ignoranceNewsweek. https://aphelis.net/wp-content/uploads/2012/04/ASIMOV_1980_Cult_of_Ignorance.pdf

Bourdieu, P. (1986). The forms of capital. En J. G. Richardson (Ed.), Handbook of theory and research for the sociology of education (pp. 241–258). Greenwood. https://erikafontanez.com/wp-content/uploads/2015/08/pierre-bourdieu-poder-derecho-y-clases-sociales.pdf

Calderon Arias, G. I. (2026). El intelectualismo performativo en redes sociales: Análisis del capital cultural como estrategia de distinción en comunidades digitales [Proyecto de investigación no publicado].

Dostoevsky, F. (2003). The brothers Karamazov. Farrar, Straus and Giroux. (Obra original publicada en 1880)

Goffman, E. (1959). The presentation of self in everyday life. Doubleday.

Hartley, J. M. (2018). “It’s something posh people do”: Digital distinction in young people’s cross-media news engagement. Journalism Studies, 19(9), 1293–1311. https://www.cogitatiopress.com/mediaandcommunication/article/view/1322/780

Hofstadter, R. (1963). Anti-intellectualism in American life. Alfred A. Knopf.

Kafka, F. (2009). El juicio. Alianza. (Obra original publicada en 1913)

Oxford University Press. (2024). Word of the year 2024: Brainrothttps://languages.oup.com/word-of-the-year/

Real Academia Española. (2023). Intelecto. En Diccionario de la lengua españolahttps://dle.rae.es/

Tolstoy, L. (2007). Guerra y paz. Penguin Classics. (Obra original publicada en 1869)

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